Por Vanmar y Ei.bi.bi.

 

Muchos habréis oído hablar del famoso invernadero de la Estación de Atocha de Madrid. En pleno corazón de la capital, entre acero y cemento se erige un espectacular jardín tropical donde conviven alrededor de 7200 plantas de 260 especies diferentes, originarias de los trópicos de lugares tan remotos como Asia o Australia, y todo ello en 4000 metros cuadrados.

Entre el ir y venir de maletas y viajeros angustiados aun quedan aquellos que toman asiento y respiran este pequeño jardín tropical, hoy tan solo posible en los pasillos exteriores, ya que desde hace tiempo, la zona central ha sido cerrada al público.

En los ojos de unos niños curiosos se refleja el agua de un estanque, pero incluso ellos se dan cuenta de que la vida acuática allí ya no es lo que era o lo que debería ser.

Desde que en 1992 fuera inaugurado, este jardín y su estanque pueden contar muchas historias. No sabemos cual sería la población inicial de especies acuáticas que sus diseñadores planearon para este estanque. Todavía hay quien recuerda un estanque habitado por pacíficas carpas naranjas. Más tarde, las aguas del estanque tomaban el aspecto que hizo famoso este retal de naturaleza entre los aficionados a la acuariofilia: las aguas agitadas mostraban un crisol de vivíparos de mil colores, bettas, peces gato, escalares, gouramis, e incluso óscares por citar algún ejemplo, así hasta 22 especies de peces contabilizadas por los cuidadores del estanque, además de tortugas que jamás se conocerían entre ellas en sus medios naturales.

No se sabe a ciencia cierta cuantas ni cuales de esas especies de peces y tortugas fueron introducidas por los cuidadores del estanque como parte del ecosistema, y cuantas depositadas por jóvenes y no tan jóvenes naturalistas aburridos de sus mascotas, ya que no han sido sólo peces de muy diversas clases los que han sido obligados a cohabitar en el estanque, también se han visto anguilas e incluso culebras, motivo de las quejas de Renfe, que inútilmente exhortaba a los madrileños y viajeros de paso la necesidad de no emplear el famoso estanque como un vertedero de mascotas.

Pero hoy ya pocos se acuerdan de aquellas quejas. Hoy el estanque presenta un aspecto muy diferente: sigue siendo el hogar de docenas de tortugas acuáticas, que nadan perezosas en dos palmos de agua parda y aceitosa, esquivando envoltorios y tratando de absorber los rayos de luz artificial del falso cielo, amontonadas sobre islas de piedra negra.

Y poca más que ésta es la vida acuática del estanque: a pesar de que han sido retiradas las gigantescas rosetas de Pistia que cubrían su superficie, el ojo del observador no puede apreciar más que unas aguas oscuras y un triste fondo de sedimento marrón.

La miríada colorista de los peces de antes no es más que un recuerdo: los peces han desaparecido, quizás retirados por el equipo de mantenimiento para liberar las aguas de tan inmensa carga biológica, quizás extinguidos a causa de la enorme superpoblación.

Una vez acostumbrada la vista a la monotonía del recinto acuático, es posible llegar a ver emerger un plecostomus de 30 cm, y al refugio de las raíces y tallos de algunas plantas se agolpan varios ejemplares de Trichogaster Trichopterus, una especie que en el medio adecuado acostumbra a ser territorial, y que en cambio aquí su comportamiento está tan alterado como su dieta, que consiste mayoritariamente en trozos de pan.

Y hasta aquí llega la trayectoria del Estanque de Atocha, de demencial oasis preñado de vida hasta la extenuación, a un árido y triste desierto acuático. Las quejas que antaño levantaba Renfe hoy podrían plantearse en sentido contrario.

Unos palmos más de agua, un sistema de filtración apropiado y sobre todo responsabilidad por parte de los observadores y los cuidadores para no volver a caer en los extremos, podrían hacer del Estanque de Atocha un paraíso para las especies justas y apropiadas a sus características, así como para los aficionados y visitantes que quieran disfrutar de un trozo de naturaleza en medio de la urbe.
Todo menos mostrar este abandono.

 

Texto y Fotos: Vanmar y Ei.bi.bi.


Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2007. España