Por Dr. Pez

Con 13 años ya me creía un acuarista de esos supersabios y que me lo sabía todo .Y para alimentar mi ego adolescente no se me ocurrió otra cosa que ofrecerme a arreglar los acuarios de los papás de mis amigos del colegio si alguno quería.

Pues si... una quiso. Si una mamá. Y joer....

El caso es que una tarde de sábado me vi en un salón inmenso donde cabía toda mi casa, mi coche y el kiosko de la esquina de grande que era, con mi mochilita de accesorios (kit de superacuarista listo y flamante). Allí sentado en una gran sillón estilo Luis XIV donde me colgaban las piernas, esperaba que mi amigo y su mamá entraran. Después de un rato que para un adolescente me pareció ciento cuarenta y siete años por lo menos, entro una señorita muy guapa vestida de impecable etiqueta doméstica, con su cofia blanca, delantal de encaje y uniforme negro brillante. Me dijo con voz dulce que la señora y el joven señor ya salían. Y yo... me acojoné... la verdad.

Joer que rato. En eso que salio mi amigo Gatón. Se apellidaba así, como un felino gordo, y siempre me ha gustado llamar a mis amigos por el nombre que más se ajusta con su persona Mi amigo Gatón alli estaba, risueño y coloradote como siempre, guiñando el ojo izquierdo. Siempre que quería parecer mayor lo hacía. Creo que su padre el rey de los gatos también lo hacía y por eso él lo imitaba. Al lado de mi compi estaba una señora envuelta de regalo.

Unos ojos languidos que salían de un maquillaje denso, me decían que alguna vez cuando el gran gato se casó con ella debió ser guapa, pero ahora ya solo era una triste mujer madura más, que se movía al compas del taconeo de sus zapatos por su casa. Joer eso si que me llamó la atención. Y me dije: "Cuando sea rico siempre estaré en zapatos elegantes en casa". Aún sigo llendo en zapatillas.

La dama me sonrió a modo de saludo, me acarició el pelo y le dijo a su hijo que me enseñara el acuario.

Allí en la esquina del Salón, a eso de unos 15 kms. de donde yo estaba, vi un gran acuario de cristal con cantos de acero inoxidable. Enorme y gigantesco. Vamos lo primero que pensé al verlo fué, joer, es clavao al tanque de donde se escapaba Houdini.

Allí estaba esa mole de cristal, acero y masilla de coco, goteosa, desafiando el paso del tiempo. Mi amigo tenía en él la típica ensalada peceril al uso y cuatro plantas mal puestas en un acuario ralo y ramplón. Yo me quedé allí mirando con expresión de experto y girando la cabeza lentamente le dije a la señora: "¿Y cuál es el problema?.

Y ella, que pareció asombrarse durante un segundo que ese ser pequeño que estaba allí al lado de su hijo tuviera voz, me dijo con un tono medido y algo empalagoso. "Que las piedras nos desaparecen".

Yo abrí los ojos de par en par. Y ella observando mi asombro, siguió: "Al abuelo nunca le ocurrió algo semejante, ¿verdad Bertito". (Bertito era el amigo gato, que también respondía por Roberto).

Según me explicarón esta familia casi palaciega metía piedras en el acuario, y éstas, no estando conformes con su estancia sumergida, me supongo desaparecián de un día para el otro.

Aquello fué un desafío para el joven acuarista experto. Joer, que me quedé bloqueado. Allí estaban mama y colega mirandome sin decir nada y yo ensimismado mirando el tanque de Houdini, sin saber que responder, y diciendo por lo bajo: "...y desaparecen...".

Llegué a ir tres veces al palacio de los gatos, así ya lo llamaba yo, morada ilustre de los Gatón, lugar mágico donde por vaya usted a saber que confluencias de energías los objetos líticos desaparecían dentro de un tanque de cristal de la época de madam Pompadour.

La tercera vez que fuí, al casi ya salir, rendido y humillado. Y viendo la sonrisa de condescendencia en la cara de la dama de los tacones, y mi orgullo profesional herido vi en el pasillo un larguísimo mueble con decenas de objetos de lo más variopintos. Entre estos había muchos minerales preciosos, y fijándome más, aprecié un gran espacio que parecía haber estado ocupado hace poco.

Me pare y le pregunté a mi amigo si era aficionado a los minerales, a mi siempre me han gustado, y me dijo que no, que eran de su abuelo, que los traía de sus viajes por el extranjero. Según me contó era un gran viajero el viejo gato, y le encantaba visitar el desierto de Marruecos y traerse fósiles y minerales, todos los que podía. Allí estaba la colección más asombrosa de rocas de "Rosa del desierto" que nunca había visto.

Mi amigo me regaló una pequeña (que tacaño ) y me fuí para mi casa. Al llegar, lo primero que hice fue lavar la roca, para colocarla en mi estantería. Y justo cuando empecé a mojarla bajo el grifo del baño, un grano de arena atrevido se soltó de la roca. Al momento otro, y otro y otro más. Tantos que paré de lavarla. Y me quedé allí con las manos mojadas y las roca intacta por los pelos.

En ese preciso momento, levante la mirada al espejo y sonreí con esa risa que pone el diablo antes de hacer una fechoría. Je, je, je.

Me informé el día después muy bien sobre rocas, compactación de arena, formación cristalina de rocas en el desierto, etc. Y acto seguido, quede una tarde en la casa de los gatos para dar mi "conferencia".

Aquello fué lo mejor. Que momento. Joer. Cuando después de un breve prólogo, para darle emoción, les dije que la roca se deshacía en el agua ella sola debido al débil enlace que une los granos de arena formando esa estructura cristalina que se denomina Rosa del desierto.

Se quedarón pasmados.

Ellos, como tenían a carros, no se les había ocurrido otra cosa que meter parte de la colección del viejo viajero, y como si de un agujero negro se tratara, el acuario se estaba tragando mitad y medio del macizo del Atlas, que fué lo que el viejo gato casi se trajo a casa.

Me despedí de mi boquiabierto auditorio, no sin aconsejar, así muy serio y moviendo el dedito índice en el aire: "Señora, y si otra vez quiere meter alguna otra cosa dudosa en el acuario, no dude en llamarme".

Y así terminó la historia.

Texto: Dr. Pez


Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2007. España