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Tsunami Doméstico
Esta es la historia de un joven acuarista que se creía la reencarnación de Cousteau poseída por el espíritu de Takashi Amano. Lo que a veces vemos pero no queremos ver y los resultados desastrosos a que nos lleva creernos un semidiós en un mundo de mortales.
Todo comienza una fría mañana de invierno, húmeda y lluviosa. Nuestro joven amigo viene deprisa por la acera salpicada de charcos. Hace un día de mil demonios, pero a él se le ve feliz. Una media sonrisa tenue ilumina su rostro cuando piensa en que por fin va a poder construir aquello que lleva pensando tanto tiempo. Sigue caminando hacia su casa soportando el peso de los cristales, y maldiciendo por lo bajo al estúpido cristalero que no ha entendido bien para que los quería. "Hay que ser corto para biselarlos tanto, mira que le dije que eran para construir un acuario"; iba rumiando mientras los coches pasaban a su lado regando los pantalones de todo el que se ponía a su alcance.
Ya en casa con el salón despejado, las herramientas en perfecta simetría como si de una operación a corazón abierto se tratará, nuestro amigo espera impaciente el momento del ensamblaje. Ese momento especial y decisivo que marca la diferencia entre un futuro feliz y un porvenir lleno de negros nubarrones.
Poco a poco los cristales se iban situando en su posición. Con paciencia, alguna imprecación a los abismos del averno, y mucha silicona, lo que antes solo era una idea en la cabeza del joven ahora tenía ya forma, "ya parecía algo", como dijo la madre del muchacho al pasar de refilón por la puerta del laboratorio de ensamblaje de este taller improvisado.
La silicona lo que tiene cuando uno entra dentro de su mundo de aceites minerales y ácido acéticos con efectos narcóticos, es que nunca es escasa. Es uno de los materiales más generosos que conozco. Es generosa en mancharte las manos, generosa en pringarte la camisa, los brazos, incluso atreviéndose a dejar su delicada huella en los pantalones. Y algunas veces, cuando el manipulador se aplica en su uso con vehemencia puede ser ese pringue suave que arrastramos por el suelo de parquet sin saber donde acabará el rastro de nuestras pisadas.
Pero ahí seguía el joven concentrado como un desactivador de explosivos, y con más silicona en el cuerpo que en los rincones y esquinas de la urna de cristal que se levanta ya en la mesa. El aprendiz de brujo piensa en el proceso y sonríe satisfecho.
"Ya casi está" se dice, agitando la cabeza con aires de profesional en la materia.
Al final del día, ya cuando las farolas empiezan a dejar destellos en los húmedos capós de los coches, el acuario luce resplandeciente ante el joven acuarista y su asombrada familia. Todos lo miran con admiración y se preguntan sin atreverse a confesarlo en publico (por nada del mundo lo harían), si ese futuro contenedor de agua será capaz de resistir sin soltar su contenido por todos los rincones de la casa.
Una semana después, este experto acuarista está ya montando su instalación. Es un bonito acuario con forma cúbica, nacida de su talento y atrevimiento. Un contenedor de cristal que contiene más de 250 litros de agua. Agua inquieta y con muchas ganas de salir a conocer mundo.
El acuario así montado presenta un aspecto bonito y equilibrado, es un precioso acuario marino, con su roca viva, sus peces de colores sugerentes, alguna anémona y poco más para empezar. El joven está radiante de felicidad y ese mismo día no duerme mirando el acuario hasta altas horas de la noche. El mágico mundo de luz y sombra, y los movimientos ondulantes de los peces le transportan con facilidad a esos mundos de coral que suspira por conocer.
El día siguiente le trae la visita de su mejor amigo. Un tipo afable pero de carácter incisivo. De esos que siempre miran si te falta un acento de un texto de diez mil palabras o si tu monitor tiene un píxel defectuoso. Aún así, son buenos amigos y bromean sobre cualquier cosa. Hasta que los ojos del visitante se posan en el acuario. Y se abren de par en par…
¿Oye… esto no es un poco inseguro?, dice con timidez a la par que indica la enorme curvatura que describe el cristal frontal y el resto de cristales, como si de un globo hinchado de agua se tratara. "Está muy curvado?, ¿no? dice dando casi dos pasos atrás por instinto de supervivencia. Pero el joven experto le asegura con gran firmeza que todo está controlado y que el diseño no es fruto de la improvisación. Incluso, lo recalca con cierto aire de molestia.
Los días se suceden de forma plácida y la vida marina del acuario globular discurre sin prisas al vaivén de las corrientes de agua. Todo va muy bien. Algunos vecinos han sido invitados a ver la obra maestra, obra culmen del diseño cristalero. Saliendo del hogar de ese gran acuarista con admiración ante tanto talento, y de tenerlo tan cerca de sus hogares.
Pero como todo buen globero, tanto sea feriante o aerostático, sabe, todo lo que se hincha llega un momento en que se deshincha. Y en el mundo de los acuarios esto siempre ocurre, y es una ley de la física inalterable, durante las horas nocturnas. Y con toda probabilidad, en esas horas en que estamos en un sueño profundo y agradable.
En una noche como esa, cuando la paz y el silencio se respiraba casi en toda la ciudad, el acuario globular no pudo resistir tanta tensión y decidió soltar algo del líquido que forzaba su forma natural. Pero al empezar a soltarlo de forma tímida ya no pudo pararlo y del poco a poco, paso al mucho a mucho, y un tsunami doméstico con dimensiones de catástrofe acuática se desencadenó en el hogar del genio de la acuarística.
Aquello fue una ola arrolladora que salió del lateral trasero del acuario cuando el cristal cedió al final por su unión con el cristal del fondo. En ese segundo mismo en que ambos cristales se separaron, la vida se paró también. Una décima de segundo. Sólo una. Para después salir toda esa agua como una gran oleada contra todo lo que se pusiera por delante. Y por delante, estaban las sillas, la mesa, los muebles… la puerta de la calle. Y el agua rauda y sin miedo partió escaleras a bajo a conocer a todos los vecinos que fuera necesario.
Aquel día amaneció por que tenía que amanecer. El joven hubiera preferido que la tierra le tragará en un acto de compasión, mientras recogía sus peces del suelo, retiraba mantas empapadas y soportaba las maldiciones de su familia, vecinos y de las madre que los pa.... eso pensaba, mientras sudaba la gota gorda intentando hacer algo de orden en aquel pandemonium lleno de agua…
Ya han pasado muchos años de esto, pero aún sigue recordando aquel suceso y se ríe de tanto despropósito. Pero no olvida la lección: Nunca jamás se debe montar un acuario tan grande con un cristal de cinco milímetros, a no ser que seamos amantes del surf doméstico.
Texto: Dr. Pez
Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2007. España

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