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Alex Ornitorrinco
En el tórrido verano de 1989, pasaba unas tranquilas vacaciones en la casa de mi buen amigo Pierre. Una vieja casa construida de cara al azul mar Mediterráneo, llena del sabor y la nostalgia de la que fué ya hace mucho tiempo la famosa Riviera francesa. Pierre me llamó aquel verano muy excitado y con ese acento cantarín de los que son naturales del mediodía francés. Estaba realmente contento, acababa de encontrar una hermosa vivienda para escaparse de vez en cuando del frenético ritmo de la vida parisina. Un refugio donde respirar la brisa marina y dejarse mecer por el sonido del oleaje lejano, perdido a las afueras de Eze Bord du Mer. Esa preciosa villa que se cobija bajo los impresionantes acantilados de la antigua Eze medieval.
Aquellos días pasaron lentos e indolentes mientras el tiempo se paraba entre la casa, aquél mar de brillos infinitos y el sol radiante lleno del griterío de las gaviotas. Los días transcurrían sin fin, no tenían principio, sentía como el tiempo se paraba en los interminables paseos y las charlas despreocupadas que manteníamos Pierre y yo. Me encantó visitar la ciudad de Eze; antigua, medieval y cargada de tanta historia. Incluso, desde el impresionante acantilado que se levanta a unos 420 metros sobre la playa, se pueden ver Villefranche y Beaulieu, y sentir cómo la imaginación volaba hacia la línea del horizonte entre las nubes y el mar.
Recorriendo las calles estrechas y empedradas uno de esos días en los que nos perdíamos entre las tiendas y los artesanos locales, Pierre me pidió que le ayudara a vaciar el desván de la casa. Qué bien me conocía Pierre, cómo sabía que no me podría resistir ante la idea de curiosear entre aquellos objetos antiguos, cargados de las vivencias de otras personas, abandonados y aparcados entre el polvo, esperando a que alguien con tanta curiosidad como yo viniera a conocer su historia. Por supuesto que le dije que sí, y Pierre sonrió con esa media sonrisa que él tenía, mientras se frotaba la perilla, farfullando en ese maldito acento francés: " la curiosidad os mata españoles". A lo que yo le contesté: "allez à la merde, gavacho". Y todo fueron carcajadas mientras nos encaminábamos hacia la casa.
Me desperté muy pronto aquella mañana, inquieto, con ganas de empezar. Pierre ya estaba calentando el desayuno y se había vestido como uno de aquellos aprendices del cercano taller de mimbre del pueblo. La escalera cayó desplomada del techo del final del pasillo, permitiéndonos acceder entre los crujidos de la madera vieja, hacia el interior del desván. Éste ocupaba toda la parte superior de la casa. Era un espacio perdido entre las dos aguas del tejado y los techos de las primeras habitaciones. Parecía un mundo olvidado. Un hueco que el arquitecto dejó sin utilidad. Allí se apilaba todo aquello que en un tiempo fue importante para los que vivieron en la casa de mi amigo Pierre. Era una gran almoneda, la bodega de un navío encantado... y me fascinaba. Y como ya habíamos previsto, al poco tiempo en vez de dedicarnos a la aburrida labor de embalar objetos y sacarlos al exterior, estábamos investigando cada uno por nuestro lado entre las decenas de bultos y muebles que ocupaban todo el lugar.
Era difícil clasificar lo que uno podía ver en aquél desván. Los tamaños y las formas se confundían entre un mismo tono de color pintado por el paso del tiempo, el polvo y la humedad. El tejado en muchos lugares dejaba ver el cielo y la luz penetraba de forma descarada como rayos de fuego que impactaban en los objetos al azar.
Entre los gritos que dábamos al encontrar éste o aquél objeto interesante, hubo un momento en que algo brillante y escondido en una esquina, llamó mi atención. Parecía una superficie vertical pulida que reflejaba el sol con aguas de distintos tonos de color. Pierre me vio y me gritó desde la otra esquina: "¿Qué es lo que estás viendo?". Pero casi ni le escuché mientras me dirigía entre las cajas y los muebles hacia esa zona iluminada de la habitación.
Allí desafiando al tiempo, encima de una pequeña cómoda con los cajones entreabiertos, estaba una vieja urna de cristal. Sucia hasta el extremo, sin tapadera superior y lo más asombroso ... aún contenía agua.
Cuando Pierre se acercó me encontró allí fascinado intentando adivinar qué es lo que estaba viendo. Estábamos los dos de pié ante un viejo acuario de cristal montado sobre unos marcos de hierro totalmente oxidado. El cristal, ya tan sucio, no permitía ver nada a través de él. El interior era una manta espesa de verdes algas filamentosas. Casi una cuarta de agua tenía. Pero no un agua sucia, como se podía esperar. Y en ese momento en que estábamos los dos absortos intentando explicarnos qué hacía aquél objeto allí, algo que casi fue fugaz y no pude percibir, se movió entre las algas en el interior del acuario. "¡Se ha movido algo!", le dije a Pierre, y el contestó: " Imposible". Y sin dejarle acabar, la masa de algas vibró, dejándonos ver un pequeño pez alargado pasar fugaz a esconderse en el fondo. Aquello nos dejó con la boca abierta, llenos de todas las dudas de las que éramos capaces.
La tarde prosiguió, colocando las cosas, sacando objetos, llenándonos de todo el polvo del mundo. Aunque a mí no se me quitaba de la cabeza el acuario que acababa de ver. Le habíamos dejado en su sitio de momento, sin saber muy bien qué hacer con él. Al final descubrimos que en su interior había hasta cinco peces. Eran estos simpáticos peces limpiadores ( Gyrinocheilus aymonieri ) que muchos aficionados solían tener, más antes que ahora, para mantener limpios los cristales de sus acuarios. Y allí estaban, regordetes y activos, como si alguien se pasara todas las mañanas para cuidarlos y darles de comer.
Al final de la tarde, cuando ya casi habíamos concluido la tarea, apareció debajo de algunas viejas cajas, un arcón de madera sin tapa que contenía libros y un pequeño diario, decorado con imágenes infantiles. Al verlo me paré unos segundos y lo abrí con curiosidad. Con letra redonda, pequeña y escolar, y en un francés ingenuo y titubeante, un joven empezaba así:
" Me llamo Alex Gerard y tengo 13 años. Hoy es un día con mucho sol. Me gusta el mar y no estoy triste. Mis padres están limpiando la casa nueva..."
El diario seguía contando como el joven Alex había llegado con su familia a este pueblo de la costa azul. Cómo los días fueron tristes para el muchacho. De constitución débil, malformado y enfermizo, Alex era la mofa de sus compañeros de colegio. "Ornithorynque, ornithorynque...." le llamaban en clase para reírse de él, porque decían que estaba hecho a trozos como este extraño animal. Así le insultaban los niños. Pero Alex era un joven inteligente, de carácter introvertido, enamorado del mar, de los animales y de la vida en general. El diario seguía así:
"Hoy si que es de verdad el mejor día de mi vida. Mi madre al final me compró el acuario. Es fabuloso...."
El diario continuaba hasta el día en que la familia dejó la casa, cuando al padre de Alex le trasladaron en su trabajo...
Y yo levanté la vista del texto, miré a Pierre y le dijé: " Y se dejaron el acuario olvidado en el desván". " Pero han pasado quince años, ¿cómo es posible qué aún haya peces dentro?", me contestó Pierre.
Aquél misterio me ocupó toda la semana siguiente. Le di mil vueltas y busqué todo tipo de explicaciones, hasta que una mañana que me levanté al amanecer y subí al desván, quedándome absorto mirando el misterioso acuario, vi resbalar un chorro de agua desde el deteriorado tejado, hacia el interior de la urna. Levanté la vista y con una sonrisa le grité a Pierre: " ¡¡Ya sé lo que pasó!!"
Cuando la familia se fue y abandonaron el acuario a su suerte en el desvencijado desván, la fortuna quiso que la ventana cercana lo inundara de luz todos los días y un pequeño espacio roto en el tejado, justo encima del acuario, permitiera dejar caer agua arrastrada por el canalón de forma periódica y constante en su interior, tanto de la lluvia como de la condensación del rocío. El acuario así se iba llenando y evaporando mientras las algas verdes crecían sin freno gracias a la luz del sol que entraba por la ventana. Con la lluvia el acuario se desbordaba y el agua se limpiaba y perdía la concentración de desechos orgánicos acumulados. Los peces vivían dentro alimentándose de las algas verdes. De vez en cuando, las urracas y otros pájaros, que aún en los días en los que yo estuve allí eran abundantes anidando en los árboles cercanos, se colaban en el desván incorporando a su dieta alguno de los pececillos del acuario y controlando así su población. Todo aquél engranaje fortuito, milagroso, funcionó durante más de quince años, ello solo, sin la acción de la mano del hombre.
Y este fue el extraordinario fenómeno que siempre recordaré de aquél tórrido verano.
Texto: Dr. Pez
Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2008. España

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